Día de muertos

Polvo somos, seremos.

Ni aire, ni fuego, ni agua

sino

tierra,

sólo tierra

seremos

y tal vez

unas flores amarillas.

Pablo Neruda

La celebración de Día de Muertos en México

El Día de Muertos es una fiesta en la que se rinde homenaje a los parientes fallecidos. Los días principales de la celebración son el 1 y 2 de noviembre, fechas en las que los difuntos tienen permiso de visitar a sus seres queridos, convivir con ellos, consolarlos por la pérdida y ser agasajados. A fin de recordarlos, recibirlos y festejar su breve regreso, los deudos preparan con antelación altares, empleando para ello elementos a los que se asocia un simbolismo particular. Las ofrendas o altares se colocan en los hogares de amigos y/o familiares de los difuntos o en sus tumbas.

Las ofrendas contienen elementos que invitan al espíritu a viajar desde el mundo de los muertos; los más representativos son los siguientes:

  • Agua. Simboliza la pureza del alma y sirve para mitigar la sed del difunto resultante del largo trayecto recorrido.
  • Fotografía del difunto. En ocasiones se coloca escondida o de espaldas y sólo se la ve en un espejo. 
  • Copal e incienso. La fragancia del copal limpia el ambiente; la del incienso, lo santifica.
  • Velas, veladoras y cirios. Todos ellos simbolizan una luz que guía en el mundo. Son de color morado y blanco; representan el duelo y la pureza respectivamente.
  • Cruz. se coloca en la parte superior del altar y puede ser de sal o de cenizas.
  • Flores de cempasúchil. Su aroma guía a los espíritus al altar.
  • Arco. Se coloca en la cúspide del altar y simboliza la entrada al inframundo. Se adorna con flores de cempasúchil y frutas.
  • Papel picado. Su colorido recuerda el carácter festivo de la celebración. Además, representa el viento.
  • Calaveras. Son una alusión a la muerte y un recordatorio de que siempre está presente.
  • Pan. Simboliza la fraternidad.
  • Comida. La que gustaba al difunto para que la disfrute.
  • Izcuintle. Comúnmente fabricado con barro, es un compañero y guía que ayuda a las almas a cruzar el río Chiconauhuapan, último paso para llegar a Mictlán, el inframundo. Se coloca como juguete para los niños.
  • Sal. Se la considera un elemento purificador; ayuda al cuerpo a no corromperse en su traslado.
  • Petate. Para que las ánimas tengan dónde descansar. Hay hogares en los que se emplea como mantel.
  • Alhelí y nube. Acompañan a las almas de los niños.
  • Objetos personales del difunto. Se añaden a fin de que recuerden momentos de su vida. Tratándose de niños, se colocan los que fueran sus juguetes predilectos.

«Nuestra gente viene de muy atrás…»

Someone

«Al desplazarse a tierra, los animales que adoptaron una vida terrestre llevaban consigo una parte del mar en su cuerpo, una herencia que transmitieron a sus hijos y que aún hoy vincula a cada animal con su origen en el antiguo mar. Peces, anfibios y reptiles, animales de sangre caliente y mamíferos, cada uno de nosotros lleva en sus venas una corriente salada en la que los elementos sodio, potasio y calcio se combinan casi en las mismas proporciones que en el agua del mar.»

Rachel Carson

Los orígenes de Día de Muertos

Si bien no hay certeza en cuanto al origen de la tradición de Día de Muertos, y existe un amplio
espectro de variaciones regionales en los detalles de su celebración, la mayor parte de los
expertos la consideran como el producto de la fusión de dos tradiciones culturales: la hispana y
la prehispánica.


Además, la fiesta de muertos también es considerada como un festival de la cosecha. De
acuerdo con los expertos, gran parte de los pueblos campesinos de México, tanto indígenas
como mestizos, celebran Día de Muertos puesto que coincide con el fin del ciclo agrícola de
muchos productos, entre ellos, el maíz de temporal y la calabaza; es decir, coincide con un
momento de abundancia. Al contar con excedentes, las familias y comunidades pueden darse
el lujo de hacer partícipes de los beneficios de la cosecha a los parientes muertos y en ese
compartir, honrar los lazos de reciprocidad existentes entre vivos y muertos: puesto que el éxito de la siembra depende de la intervención favorable de los ya ausentes, se les retribuye su
actuación al contar con los frutos de ella.

Un aspecto de la festividad, muy extendido en México, que al parecer tiene sus raíces en el
mundo prehispánico, es la distinción de celebraciones de muertos según la edad: el día 1 de
noviembre se dedica a los muertos chiquitos o niños fallecidos, y el día 2, a los adultos o
muertos grandes. Al respecto, el antropólogo José Erik Mendoza Luján nos remite a Fray Diego
Durán, quien escribió que existían dos fiestas en el ritual indígena nahua dedicadas a los
muertos: Miccailhuitontli o Fiesta de los Muertecitos, que se conmemoraba en el noveno mes
del calendario nahua, y equivalía al mes de agosto del año cristiano; y la Fiesta Grande de los
Muertos, celebrada al mes siguiente. Con esas fiestas, además de celebrar a los muertos, se
buscaba propiciar que las sementeras, ya cercanas al fin del ciclo agrícola, sobrevivieran a las
heladas de agosto. A ese fin, los indígenas preparaban ofrendas y realizaban sacrificios. Durán
también comenta que pasados algunos años de la conquista, los indígenas comenzaron a
poner sus ofrendas los días 1 y 2 de noviembre para aparentar que celebraban las tradiciones
cristianas.

Ahora bien, Mendoza Luján señala que si bien hay elementos prehispánicos presentes en las
festividades de días de muertos, ello no significa que sean evocaciones del pasado
prehispánico, sino que son una re-creación de los orígenes de un pueblo sincrético y sintético.
Al margen de la corriente predominante, según la historiadora, Elsa Malvido, Día de Muertos
tiene raíces profundamente católicas, no prehispánicas. Costumbres como preparar el altar u
ofrenda, colocar en él platillos con la expectativa de que parientes difuntos asistan desde el
más allá a consumirlos, adornarlo con calaveras de azúcar y panes en forma de huesos tienen
su origen en la tradición cristiana europea medieval, e incluso en rituales romanos anteriores a
esa época.

Los días 1 y 2 de noviembre, las fechas más relevantes de la celebración de muertos,
corresponden a las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, respectivamente, en el
calendario católico, mismo que se rige por la vida y muerte de Jesús y por la celebración de la
memoria de santos y mártires.

Durante la Edad Media se atribuyeron poderes especiales a las reliquias de esos santos, entre
ellos el de poder fungir como intermediarios entre Dios y los hombres en el juicio postmortem.
Cientos de mártires católicos murieron anónimos. Para rescatarlos, papas y abades
propusieron una celebración sin fecha fija para honrarlos. En el siglo XI, el abad de Cluny
promovió la celebración de Todos los Santos el día 1 de noviembre. La Iglesia romana lo
aceptó en el siglo XIII y así se ha mantenido

En esa celebración se exhibían reliquias o restos de santos en iglesias y conventos para que
los creyentes les ofrendaran oraciones con objeto de obtener el perdón de sus pecados y evitar
así la entrada al temido infierno. A cambio de sus plegarias, se prometía a los orantes la
indulgencia de reducir su tiempo en el purgatorio después del juicio de las acciones. El intenso
temor al infierno hacía que ese día los pecadores fueran de templo en templo acumulando
indulgencias (sufragios). Devotos y fieles sustituyeron los largos peregrinajes a lugares
sagrados con ese ritual.


En ese entonces, surgió en algunos territorios católicos la costumbre de elaborar alimentos
especiales para la celebración de Todos los Santos; entre ellos, dulces y panes con los que se
imitaba a las reliquias (los huesos de los santos). Dichos alimentos se llevaban a la iglesia para
ser bendecidos y luego se colocaban en los hogares en “la mesa del santo”: una imagen del
santo predilecto a la que se adornaba con los alimentos bendecidos; aquel santificaba la casa y
se le pedía su intermediación protectora.


Después de las pestes del siglo XIV, el 2 de noviembre del calendario cristiano se destinó a
rezar por todos los católicos del mundo conocido, los Fieles Difuntos. La introducción del
Purgatorio, promovió la creencia entre los fieles de que mediante las plegarias propias y de
otros conseguirían la licencia para salir pronto del Purgatorio o evitar el infierno.


La celebraciones de Todos los Santos el 1 de noviembre y la de Santos Difuntos el 2, llegaron a
la Nueva España con la Conquista y las primeras reliquias entraron por el puerto de Veracruz;
de la mano de todo ello, se adoptó también la costumbre de elaborar dulces que las imitaban.
Así, 1 y 2 de noviembre se convirtieron en fechas para recordar a los ancestros, pedir perdón
por los pecados propios y de aquellos, reflexionar sobre la fragilidad de la existencia y la
esperanza de resucitar -aspecto central, este último, de la fe cristiana.


Por otro lado, la tradición romana de esperar el retorno de las almas de los muertos, sería
traída a México, de acuerdo también con Malvido, por gallegos. La autora comenta que en
Galicia en general, se deja puesta la mesa el 31 de diciembre para que los parientes muertos
vengan y compartan la comida de fin de año.


Ahora bien, Independientemente de los orígenes de la festividad de Día de Muertos, y de si
constituye para quienes la celebran, ya sea una oportunidad para honrar la memoria de los
parientes fallecidos y agasajarlos, o para rezarle a los santos por la salvación de las almas de
familiares muertos y la propia, no parece demasiado arriesgado afirmar que resulta significativa
para muchos mexicanos.

García, Idelfonso (Editor) y Romero Rojas, Óscar (Coordinador editorial), “La festividad
indígena dedicada a los muertos en México,” Biblioteca Digital Juan Comas, consulta 31 de
octubre de 2022, http://bdjc.iia.unam.mx/items/show/186.

El viaje al Mictlán

Valgan aquí una palabras sobre la visión de los nahuas de la muerte y del camino al Mictlán. Se
trataba de un pueblo que mantenía una concepción cíclica y dualista del universo. Su
cosmovisión se sustentaba en un conjunto de dicotomías expresadas en pares de opuestos
cuyos componentes mantenían una relación de complementariedad recíproca: “hombre-mujer”,
“noche-día”, “frío-calor”, etc. En ese contexto, la díada “vida-muerte” conllevaba la comprensión
de que la segunda es necesaria para renovar y mantener la primera. En el caso de los seres
humanos, la muerte significaba la desagregación y dispersión de los componentes; era una
transformación, un proceso cíclico en un universo en constante renovación. La muerte,
además, tenía una relación íntima con la Tierra, pues a esta última se la concebía como un ser
que devoraba carne.


En ese sistema de reciprocidades y ciclicidad, los dioses del inframundo reclamaban al ser
humano como propio, ávidos de consumir su cuerpo de manera equivalente a aquella en la que
aquel dependía de los alimentos, de los productos terrestres. Al morir, el ser humano saldaba
una deuda con la Tierra, manteniendo así el funcionamiento cíclico del universo.
Según el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma: “Los mexicas pensaban que Tlaltecuhtli,
diosa de la tierra, devoraba y paría a los cadáveres para que, los individuos muertos,
renacieran a una ‘nueva vida’ en la que podrían continuar su tránsito hasta llegar al lugar que
les correspondía según la causa de su muerte”.


El destino final, el lugar que les correspondía, podía ser uno de cuatro: el Chichihualcuahco, el
Tlalocan, el Sol y el Mictlán. A este último, el Mictlán, estaban destinados los difuntos por
muerte común. El trayecto tomaba cuatro años, el que tarda un cuerpo en desintegrarse hasta
quedar sólo el esqueleto, e involucraba pasar por ocho o nueve niveles verticales, dependiendo
de la fuente, el Códice Florentino o el Códice Vaticano, respectivamente. En el caso del
primero, la llegada al Mictlán estaba precedida por el cruce del Río Chiconahuapan. Para
salvar ese obstáculo, el muerto requería de ayuda: sólo podía alcanzar su destino final cargado
sobre el lomo de un perro, de un xoloitzcuintli.


El Mictlan es generalizado como “lugar de los muertos”, cuya etimología corresponde a los
vocablos nahuas -micca, “muerto”, y -tlan, “lugar de”. También se lo llamaba de otras maneras:
“Nuestra casa definitiva”, “El lugar común a donde iremos a destruirnos, a perdernos”, “El lugar
al que todos vamos”, “A donde todos van”, “El lugar de los descarnados”, etc. Se relacionaba
con la putrefacción, lo fétido, lo frío, lo húmedo, lo acuoso, la oscuridad y la noche. Era la
morada los dioses Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.


El viaje al Mictlán era un viaje al origen; el recorrido final para saldar con la Tierra una deuda de
reciprocidad. Al ir recorriendo los niveles del camino al Mictlán, el cuerpo se iba
descomponiendo hasta separase de la entidad anímica del teyolia, misma que quedaba
depositada en el Mictlán hasta ser utilizada para otra existencia.

Nota: Desde su papel como compañero y auxiliar de los muertos en la última fase del recorrido
a su destino final en el Mictlán, es que xoloitzcuintli encontró su lugar en el logo de pulsos.mx.

Luna López, M. (2018). El camino al Mictlán. ¿Camino al tormento o camino al origen? Vita
Brevis, (11), 159-173. Recuperado a partir de
https://revistas.inah.gob.mx/index.php/vitabrevis/article/view/11698

Valadez Azúa, R. (1995). El perro prehispánico. revista de la Universidad de México, 528-529.
Recuperado a partir de: https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/958a9e47-94c5-4d63-
ad3b-108adbd888d3/528-529